Cabecera VidaEnMoto

Paraísos del mototurista: De Santillana del Mar a Colombres.

El norte de España tiene algo que siempre atrae y llama a disfrutar de todo lo que tiene que ofrecer. Su espectacularidad paisajística y gastronómica, sus gentes, sus costumbres. Decidimos alcanzar en cuatro días algunos de los más bellos parajes de Cantabria, adentrándonos levemente en Asturias y evitando siempre al máximo las aburridas autopistas.

Octubre de 2007.
Aprovechando un largo puente de cuatro días preparamos un viaje que nos lleve en dos jornadas a Santillana del Mar, en la Comunidad Autónoma de Cantabria. Decidimos salir el miércoles por la tarde para aprovechar al máximo nuestro tiempo, sin saber que la primera jornada iba a ser, sin lugar a dudas, la más dura de todas.



Se retrasó la salida hasta las cinco y media de la tarde y nos llevó más de una hora alcanzar Guadalajara por la carretera Nacional II. En ese punto la abandonamos y nos dirigimos hacia Humanes, Cogolludo y allí dirección a Riaza. Nuestra idea inicial era continuar hacia San Esteban de Gormáz, El Burgo de Osma y juguetear, en la medida en que nos posibilitara el tiempo, por la Reserva Nacional de la Sierra de la Demanda hasta alcanzar Burgos, donde haríamos noche. No sabíamos de qué estábamos hablando, los mapas engañan y lo descubrimos de una manera agotadora. Nuestro calvario nos llevó de Cogolludo a Riaza.
Aproximadamente, a partir de Humanes ya estábamos deseando encontrarnos esas carreteras nacionales divertidas, esos paisajes más o menos interesantes y se nos notaba inquietos.

Con la moto cargada y la amenaza de la noche, aquellas miríadas de curvas dejaron de ser un disfrute en seguida para convertirse en un obstáculo (…)

Pocos kilómetros en el cuerpo y ansias por recorrer los venideros. Tomamos algo en Cogolludo y allí nos dimos cuenta de que el tiempo estaba al acecho, no quedaba demasiado de luz solar, así que nos apresuramos sin saber que desde ese punto todo iba a ser diferente.
Allí empezaba la Reserva Nacional de Caza de Sonsaz y continuaba el Parque Natural del Hayedo de Tejera Negra, lo que viene a significar que las carreteras son estrechas, sin marca de división central de calzada, (tan solo una línea intermitente a cada lado marcando el límite), cientos de curvas de primera velocidad y animales sueltos. Con la moto cargada y la amenaza de la noche, aquellas miríadas de curvas dejaron de ser un disfrute en seguida para convertirse en un obstáculo que nos separaba de nuestro destino. Un viaje en moto es para disfrutar del mismo, no para desplazarse de A a B pero en ese momento casi rezaba por alcanzarlo.


Izquierda. En algunos establecimientos aún se respira el siglo XVIII. Derecha. Los souvenirs burgaleses, compitiendo con los clásicos, se centran sobre todo en lo gastronómico, un sinfín de delicatessen inunda los escaparates y hay que hacer verdaderos esfuerzos para no llevarselo todo.

Notábamos cómo el sol se ponía y la noche se acercaba a un ritmo muy superior al paso de kilómetros que veíamos deslizarse por el marcador de Valentina, nuestra jamelga. Intentaba apretar un poquito en las rectas para conseguir un ritmo de marcha un poco mejor con el fin de salir de aquel infierno de curvas incómodas lo antes posible, pero era inútil. Después de cuarenta minutos de manteos habíamos recorrido unos quince kilómetros, aquello no iba a ser fácil. Hay que continuar, qué le vamos a hacer, dar la vuelta ya no es opción.

Hace más de una hora que salimos de aquel bar pero parecen tres: Estoy agotado y la vista se nota cansada de estar tan intensamente alerta. Antes de que cayera el sol del todo vimos un jabalí corriendo en paralelo a la carretera por la que viajábamos y más adelante un corzo por la cuneta de la misma, a un metro del centro por el que nos movíamos.

(…) ¿Manchas? ¡Frena! ¡¡frenaaa!! Un toro tumbado en el asfalto, otro más allá y un tercero al fondo de frente mirando una luz que se les clavaba en los ojos. (…) ¿Qué hacer?

Con la noche cerrada baja la velocidad porque la visión es, en puntos, nula. Un Parque Natural no tiene iluminación artificial alguna y sus animales campan a sus anchas. Tras salir de una esas curvas de primera vi algo raro en la calzada, manchas, ¿raro? ¿Manchas? ¡Frena! ¡¡frenaaa!! Un toro tumbado en el asfalto, otro más allá y un tercero al fondo de frente mirando una luz que se les clavaba en los ojos. Al menos hemos frenado a tiempo. ¿Qué hacer? No se les puede rodear, utilizar el claxon tampoco se antoja como una buena solución, apagar la luz imposible sin parar el motor, ya que estas motos ya las hacen sin interruptor y no voy a jugármela a pararlo. ¿No les dará por embestir? Bien, opté por un levísimo toque de claxon y poco a poco el animal se fue moviendo, el del fondo digo, el tumbado estaba tan a gusto. Aprovechando un despiste del que nos escrutaba pegué un acelerón y, esquivándolo, salimos de allí de najas.
En fin, volvemos al peligroso tedio de la carretera sin fin, “por Dios, ¡¡es que es eterna!!” Pero nada lo es y poco a poco alcanzamos unos pivotes que marcaban un kilometraje de descenso comenzando en diez. La cuenta atrás como si estuviera el Paraíso en el “1” se hizo larga pero llegó. Alcanzamos un asfalto diferente, unas rectas con ausencia total de tráfico (como desde hacía varias horas) y tocaba preguntar porque ni sabíamos dónde estábamos. Una pareja de paseantes nos indicó amablemente. “Hay dos caminos pero el mejor es este: tira por allí y te lleva a la carretera (N-I), pero ten mucho cuidado que los gamos la cruzan y hay muchos accidentes, ¡es una carretera muy peligrosa!”. Pues nada, ¡más gamos a mí!; Alcanzamos la carretera y directos a la primera gasolinera, besando la civilización que creímos nunca alcanzar. Los planes mirando al mapa a las once de una noche gélida cambiaron radicalmente. “Oye, yo creo que, como mucho, seguimos hasta Lerma y allí hacemos noche porque hasta Burgos no llego”. Así que de Riofrío a Lerma toca por autopista, que nuestro nivel de atención está bajo mínimos y el cansancio sobre máximos. Allí preguntamos por alojamiento hasta que un individuo nos hizo seguirle para llevarnos. Parecía Hakkinen por las callejuelas empedradas y oscuras de Lerma, ¡qué prisas! Pero la desconfianza se tornó agradecimiento cuando encontramos un hotel estupendo a precio asequible; a la cama sin cenar, que no tenemos ni fuerzas.
El jueves compensamos el ayuno anterior y al salir nos damos cuenta de que hemos perdido una de las piezas tope de plástico que absorben las vibraciones entre el depósito y el chasis. La red que asegura la sobre-depósito iba apoyada en ella. “Después de la carreterita de ayer, como para ponerse a buscarla”. Para rematar me doy cuenta de que los pulpos que sujetan las alforjas han arañado la pintura del colín “¡Dios, qué rabia!” ¡Cómo fastidia dañar la moto a lo tonto!
Salimos hacia Burgos; el precioso día y la carretera nos hacen olvidar el agotamiento de anoche. Alcanzamos nuestro destino en muy poco tiempo; entramos por la Autovía de Castilla, pero la “Calle de Madrid” (por supuesto) nos lleva directos a la increíble catedral gótica, aparcamos a su lado, aseguramos el equipaje y recorremos la ciudad: la estatua de El Cid, (noble, poderosa, agresiva, marcial y honorable son algunos de los adjetivos que asaltan al contemplarla); el paseo arbolado a la orilla del río Arlanzón, las terracitas, los restaurantes, los escaparates gastronómicos, etc. Me encantan este tipo de ciudades, pequeñas, turísticas, universitarias y tranquilas. Me gustan porque parece que se ha detenido la vida allí, no hay tanto frenetismo de gran ciudad, la gente pasea en bicicleta, la cultura está a la orden del día y la gastronomía es uno de sus alicientes.

A medida que alcanzábamos la cima, la niebla se iba espesando, pero tras la breve parada en la cumbre y al retomar la carretera ¡aquéllo se volvió imposible!

Así que después de disfrutar paseando y comiendo como turistas que somos, un café nos pone en órbita para salir continuando nuestro camino. Aún queda y son las seis de tarde. Nos dirigimos a Santillana del Mar por la N-623 y pasaremos, entre otros, por el famoso Puerto del Escudo.


Punto más alto del Puerto del Escudo. La niebla se volvería aún más espesa al comenzar el descenso. La vista apenas alcanzaba los seis o siete metros.

Hasta allí son unos cien kilómetros de carretera nacional al más puro estilo. Subimos el puerto de Páramo de Masa y el de Carrales antes de alcanzar el del Escudo, a 1.011 metros de altitud y separando Castilla León de Cantabria.
A medida que alcanzábamos la cima, la niebla se iba espesando, pero tras la breve parada en la cumbre y al retomar la carretera ¡aquéllo se volvió imposible! No se veía ni la mano delante de la cara, un tupido manto blanco nos envolvía mientras descendíamos una carretera revirada y desconocida, al menos con poco tráfico, pero con bonitos guardarraíles asesinos en sus laterales.
Poco a poco la niebla fue desapareciendo y pudimos dejar de ir en primera y segunda porque la carretera también iba desplegándose. Las curvas fueron alargándose y el paisaje había cambiado radicalmente: verde que te quiero verde, casitas de montaña de piedra y madera, vacas, pastos, paisajes fríos y preciosos, entramos en Cantabria.
Echamos un par de ojeadas al mapa antes de llegar a Santillana, pueblo turístico donde los haya. Camping, callejuelas empedradas, su iglesia, sus comercios, merece la pena pasear sus calles. La noche era muy fría, pero tras ponernos cómodos y dejar las cosas salimos a conocer el que dicen que es uno de los pueblos más bonitos de España. Nos extrañó la ausencia de paseantes, de turistas, éramos cuatro gatos los que recorrían las calles y ni siquiera había demasiada oferta gastronómica. Imaginamos que sería por la hora, aunque no era tarde, así que tras echar un vistazo a la iglesia y a las dos calles principales, procedimos a probar el afamado Cocido Montañés: espectacular. El cuerpo queda recompuesto con ese guiso, realmente merece su fama.
Para poner punto y final a la jornada recorrimos las casas antiguas, medievales, palacetes, torreones, etc. La espectacular oferta artística de que está cargada Santillana del mar, donde los comercios más tradicionales se baten con restaurantes de diseño emplazados en casas de antigüedad secular.


A pocos metros de la entrada a la localidad de Comillas, un mirador nos muestra cómo se funden verde y azul y mar y cielo.

El nuevo día se abre en nuestro espectacular ventanal. Disfrutamos del desayuno junto con los autobuses de turistas que se agolpan en los bares del casco viejo y ponemos rumbo a la ciudad de Comillas. Nuestra intención es recorrer la costa hacia Llanes, disfrutando de sus incentivos, todo lo que el tiempo nos permita. Y ya saliendo de Santillana encontramos aquello que habíamos venido a buscar, esas divertidas carreteras de curvas, esos preciosos paisajes, esos increíbles pueblos. Llegamos a la playa de Comillas que se descubre tras una curva y se despliega ante nosotros el embriagador encanto de una localidad que tiene mucho que ofrecer.

Hay muchísima actividad, turistas, bañistas, muchas cosas que ver, calles que andar, tapitas que probar… así que nos ponemos a la cruel tarea de contemplar el Capricho de Gaudí, pasear y comer los platos de la zona entre otras cosas.
En la sobremesa seguimos asombrándonos con el entorno, hace un precioso día soleado y el frío va remitiendo. Volvemos a ponernos en marcha hacia San Vicente de la Barquera y su acogida es espectacular. Poco antes de llegar al larguísimo puente de veintiocho ojos, la carretera nos regala una sucesión de curvas en un entorno de colinas de un verde increíble, de las que no querrías que acabaran nunca. Atravesar el puente sobre la desembocadura del río de San Vicente es una sensación maravillosa, de paz, de contacto con la naturaleza, de libertad y tranquilidad. Paseamos a pie brevemente y no paramos de oír motores de motos cruzando el pueblo continuamente, y es que la zona lo reclama.


Arriba. Dos pilotos reciben instrucciones instantes antes de la salida. Se cronometran los tiempos y son empujados hasta la salida. Es preciso acelerar la moto constantemente para que no se cale.
Sobre estas líneas. Las motos se encabritaban al golpe de gas, su peso es mínimo y es vital la colocación del piloto sobre ellas en la salida para no perder el control.
Abajo. Auténticas bellezas con las que disfrutar cada año en Colombres. Dignas de estar en un museo pero aún con mucha guerra que dar.

De nuevo nos ponemos en marcha en dirección Llanes, pero en cierto punto nos desorientamos. Estamos en un pueblo cualquiera, seguimos durante un tramo unas motos hasta que nos desviamos y paramos para situarnos. Volvemos hacia donde fueron éstas, pasamos un puentecito y, de pronto, veo aparcada una moto clásica preciosa. Como vamos despacito decido parar para verla bien y he aquí la razón por la que no me gustan los GPS: estoy mirándola y veo un cartel de señalización que, en su momento no me dijo nada pero no le pasará desapercibido a muchos lectores. Ponía “COLOMBRES”. Más adelante unos pósters indicaban “COLOMBRES 2007 – XX REUNIÓN INTERNACIONAL” (de motos clásicas). Empezamos a movernos por allí y aquello era impresionante. Había una carrera previa a la concentración en la que los pilotos, bastante mayorcitos en general, eran empujados por alguien para poner en marcha las motos y ayudarles a comenzar la carrera. En la salida, esas monocilíndricas se encabritaban que daba gusto, y los pilotos se las veían y se las deseaban para encauzarlas y mantenerse sobre ellas. Se tomaban tiempos entre cada salida y se cubría todo de humo y olor a gasoil, se respiraba historia. Mucha afición, muchas fotos, mucha tradición y muchísimo encanto. Desconocía totalmente ese acontecimiento pero realmente me encantó y me parece buena idea empezar la tradición de asistir cada año.

(…) se cubría todo de humo y olor a gasoil, se respiraba historia.


El espectáculo que nosotros nos encontramos es esperado por muchos durante todo el año.

Tras la carrera permitían recorrer el “circuito”, carretera nacional cortada ad hoc, para alcanzar la zona de la concentración. Allí se reunían cientos de motos clásicas, algunas de la Segunda Guerra Mundial con los pilotos disfrazados al efecto. Había de todo, BMW´s, Guzzis, Harleys, Ducatis, Bultacos, Montesas, Ossas, BSA´s, Laverdas, Indians, Nortons, etc. Todas las marcas y todas las disciplinas. Mucha, muchísima gente se agolpaba para ver de cerca unas motos legendarias. Nosotros en cambio, ya que no íbamos a dormir allí sino que íbamos a continuar camino antes de volver a Santillana, tras una o dos horas volvimos a la carretera.

Espectaculares piezas de colección. El estado de conservación general es exquisito y el nivel muy alto. El público asistente, de todas las edades, lo pasó en grande.
Bajo estas líneas, una bellísima BSA de los ´60., en un estado absolutamente impecable. Ojo al GPS de la Bultaco.

Había de todo, BMW´s, Guzzis, Harleys, Ducatis, Bultacos, Montesas, Ossas, BSA´s, Laverdas, Indians, Nortons, etc. Todas las marcas y todas las disciplinas.

Empezaba a caer el sol y seguíamos alejándonos de nuestro lugar de descanso. La diferencia entre las carreteras cántabras y asturianas es manifiesta. Al entrar en Asturias el firme es impecable, los carriles son bien anchos, las curvas se trazan perfectamente, los guardarraíles están protegidos y da gusto deslizarse por ellas, realmente magníficas. Nos dirigimos por la N-634 hacia el oeste en busca del Bufón de Santiuste. Explicación: cuando las olas baten estos acantilados, el agua se cuela por las grietas horadadas en la roca y la presión hace que la misma salga pulverizada verticalmente con mucha fuerza hacia el cielo. Estas simas están comunicadas entre sí y cuando los chorros son expulsados, producen un bufido sonoro, de ahí su nombre. Sin embargo, deben darse unas condiciones específicas de mareas para poder asistir a este espectáculo. Ya antes de comenzar el largo camino de tierra y baches que lleva hasta los acantilados, una mujer nos advirtió de que ese día no íbamos a poder oír esos bufidos, pero insistimos en acercarnos de cualquier manera para contemplar el entorno.
Era noche cerrada y gélida cuando comenzamos el camino de vuelta. Primero por el sendero de tierra y luego por las magníficas carreteras serpenteantes. Pero como ya teníamos ganas de llegar a casa aceptamos el camino más rápido de vuelta a casa por la A8.
El domingo estaba planeado dedicarlo íntegramente a la vuelta a casa pero no sabíamos que aún nos quedaban algunas preocupaciones.


La naturaleza se funde con lo urbanizado, así de literal funciona este dicho en Comillas y en esta casa, donde las enredaderas se comen la fachada. Arriba. Las fachadas, cuidadas con esmero, lucen una intensidad de color tal que parecen sacadas de unos dibujos animados.

Íbamos a parar en Burgos a comer, pero en algún lugar empecé a darme cuenta que era hora de echar gasolina. Vi pasar una gasolinera pero estaba en el lado izquierdo de la carretera, así que me dije “en la siguiente paro”. Pero los kilómetros pasaban y ni una triste gasolinera aparecía por el horizonte, habíamos superado los doscientos kilómetros hace rato con un depósito y lo normal es que estuviera agotado, pero ahí seguíamos. Hace bastante tiempo que vengo conduciendo como lo haría mi abuela, con una marcha bien alta y a poca velocidad para intentar consumir lo mínimo. Opté por compartir mi preocupación con mi acompañante, bajamos velocidad, subimos visera y “¡Oyeee!, ¡casi no nos queda gasolina! ¡Como no aparezca una en breve estamos aviaos!”, “¡Vale!”, A ver, ¿qué va a decir?, pues que sí, ¡que aparezca ya! Quien aparece de la nada es el tan temido cuarteto de rayas en el panel de mandos que indica que acaba de saltar la reserva, “¡ay Dios!”. Aquí en medio de ninguna parte comienzan a desfilar las líneas, la primera fuera. Con tres cuartos de reserva llevas ya un rato preguntándote “¿cuántos kilómetros decía que aguantaba?”, “nunca me acuerdo de mirarlo”, “¿cuánto se recorrerá con cada línea?”, ¿aún se lleva lo del auto-stop?, segunda línea fuera, queda medio depósito. “¿Habrá que andar mucho hasta la gasolinera más cercana?”. Empieza a parpadear, “¿parará algún coche?, en las pelis paran, claro que en las pelis paran los asesinos destripadores, juer…”. Última línea y no aparece gasolinera alguna. “Bueno, allí al fondo veo un pueblo, a lo mejor hay suerte”, Doscientos treinta y tantos kilómetros aguanta ese último depósito, “debo haberlo llenado realmente hasta el tapón, menos mal”. Empieza a parpadear la última línea, “pues va a ser mi primera vez sin contar con que me dejó tirado al sacarla del concesionario en plena M-30 madrileña, en fin, la aventura es la aventura”.

Quien aparece de la nada es el tan temido cuarteto de rayas en el panel de mandos que indica que acaba de saltar la reserva, (…) Aquí en medio de ninguna parte (…)

Antes de quedarnos tirados en pleno campo prefiero detenerme con la última linea de la reserva parpadeando en un pueblecito que partía en dos la carretera. Preguntemos a un lugareño, “aquí como a doscientos metros tienes una gasolinera, pasas la colina y la ves”, “el Señor es mi Pastor, nada me falta, ¡madre mía! ¡Qué cerca ha estado!”. Foto para el recuerdo y vamos hacia esa ansiada gasolinera. Las caras que portamos son un poema.
La carretera se ha llenado de coches, toca ir por el arcén o por el otro carril, malas opciones pero elijo la primera. Los coches parados a mi izquierda, a la altura de un camión aparece un caminito hacia la derecha, sigo de frente a treinta por hora y “¡¡huy!!”, el camión se había parado para dejar pasar un coche del sentido contrario que quería incorporarse al caminito pasando frente a nosotros. El camión nos tapaba la vista totalmente y la casualidad hace que nos falten centímetros para comernos el coche y acabar con el viaje. Gracias a Dios todo queda en un “casi” y alcanzamos esa gasolinera con doscientos cincuenta kilómetros hechos con un solo depósito. Más adelante mi novia me dijo al respecto del cuasi accidente “…y era culpa nuestra”. A Gloria bendita me saben esas palabras, habría entendido perfectamente aunque no me gustara que hubiera dicho “culpa tuya”, pero su solidaridad de equipo me reconfortó muy gratamente y nos prometimos muchos viajes juntos.
Ahí ya sí, volvimos a llenar el depósito hasta arriba y alcanzamos Burgos donde comimos tranquilamente y regresamos por la aburrida autopista hasta Madrid.

TEXTO Y FOTOS:
RODRIGO ÁLVAREZ JUEZ

Subir


Una respuesta a “Paraísos del mototurista: De Santillana del Mar a Colombres.”

  1. Jose Luis dice:

    Eso de haber superado con creces lo que piensas que aguanta tu depósito es toda una agonía jajajaja

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.